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Gracias al colesterol los laboratorios farmacéuticos aumentan sus beneficios por las ventas multitudinarias de estatinas y otros fármacos hipolipemiantes. Gracias al colesterol también la industria alimentaria, especialmente algunas multinacionales, obtiene grandes beneficios con sus alimentos suplementados que presentan efectos reductores (escasos) del colesterol. Y gracias al colesterol se rellenan cada día páginas y páginas de información (nosotros mismos seguimos haciéndolo).

Qué tendrá el colesterol para estar siempre en el foco de atención. Lo que está claro es que ha calado en la sociedad el mensaje de que el colesterol es malísimo y hay que mantenerlo a raya. Y es que tenerlo elevado se relaciona con un mayor riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares. Pero, vamos por partes.

Tipos de colesterol: el bueno, el feo y el malo

El colesterol es un tipo de grasa esencial para muchas funciones del organismo, como la construcción de las paredes celulares, la elaboración de algunas hormonas y de la vitamina D o el buen funcionamiento del sistema nervioso. El hígado fabrica dos tercios del total. El resto proviene de los alimentos de nuestra dieta.

Puede ser malo, bueno, etc., pero es siempre el mismo. Puede estar asociado a otra molécula, por ejemplo un ácido graso, pero el colesterol no varía. Lo que diferencia a las distintas clases es dónde se encuentra: en los alimentos, en nuestra sangre (y dentro de esta, en diferentes tipos de transportadores o lipoproteínas) y en nuestra analítica.

El colesterol de los alimentos

Está presente de forma exclusiva en alimentos de origen animal. En contra de lo que cabría esperar, no se relaciona directamente con un aumento significativo de los niveles de colesterol en sangre. De hecho, nuevas evidencias rebajan aún más su relación con el que circula por nuestra sangre.

El colesterol de la sangre: el bueno y el malo

Los transportadores del colesterol ‘malo’ por la sangre son las LDL (Low Density Lipoprotein o lipoproteínas de baja densidad) y lo transportan del hígado hacia los tejidos periféricos. Es el que se puede acumular en las arterias y dar lugar a la formación de ateromas. Cuando más bajo sea su nivel, menor riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares.

Los transportadores del colesterol bueno son las HDL (High Density Lipoprotein o lipoproteínas de alta densidad) que recogen el colesterol de los tejidos y lo conducen al hígado para su retirada. Cuanto mayor sean sus niveles en sangre, menor riesgo cardiovascular tendremos. Esto es así, aunque recientes investigaciones señalan que en algunos casos (una de cada 1.700 personas), debido a una mutación que afecta a los receptores que captan las partículas HDL, los niveles elevados de colesterol bueno pueden aumentar el riesgo cardiovascular, por lo que ya no sería tan “bueno” y pasaría a ser más bien “regular”.

Colesterol de la analítica: el feo

Es uno de los parámetros más temidos cuando indagamos en nuestra analítica. Cuando nos encontramos el asterisco que anuncia que nuestros niveles están por encima de lo normal, nos echamos a temblar. Quizás no sea para tanto. Primero tendríamos que diferenciar entre el bueno y el malo. Un colesterol elevado a expensas del bueno no es para preocuparse.

También es preciso tener en cuenta que las recomendaciones sobre los niveles han sido revisadas a la baja en más de una ocasión por la comunidad médica, de modo que personas que hace más de una década hubieran superado un análisis de sangre sin que se les advirtiera un colesterol por encima del límite, hoy no lo pasarían.

 Colesterol y salud

El colesterol alto no es en sí mismo una enfermedad, sino solo uno de muchos factores que pueden contribuir al desencadenamiento de problemas cardiovasculares. Por sí solo y cuando no va acompañado de otras circunstancias, como ser fumador, el sedentarismo, la diabetes, el sobrepeso o una edad avanzada, apenas eleva el riesgo de sufrir un accidente o desarrollar una enfermedad cardiovascular.

Por otro lado, el papel que desempeña la herencia genética en la probabilidad de sufrir una enfermedad cardiovascular es muy importante. La herencia determina al menos el 50 % de posibilidades de sufrir este tipo de enfermedades.

Medicación

Muchas personas desconocen que tener el colesterol alto no es razón suficiente para medicarse. Los diferentes tipos o la combinación con otros factores de riesgo cardiovascular sí son determinantes para valorar la pertinencia de incluir los fármacos en el tratamiento.

Sin embargo, más de dos tercios de las personas hipercolesterolémicas de nuestro país toman fármacos para tratarse. Se ha medicalizado un problema que, en muchos casos, podría enfocarse de otro modo, sin tener que recurrir a unos compuestos que presentan abundantes efectos adversos y cuya utilidad es controvertida.

Los efectos adversos de las estatinas, los fármacos más utilizados, incluyen los calambres musculares, el cansancio, el malestar general, problemas digestivos, el insomnio e incluso la subida de la tensión arterial, lo que resulta irónico, pues tratando de reducir un factor de riesgo cardiovascular aumentamos otro. Paradójicamente, el consumo de estatinas ha crecido considerablemente en los últimos años.

El mundo de los ‘coles’

El mercado de los productos alimentarios suplementados con sustancias que bajan el colesterol también ha crecido de forma importante a medida que el discurso de los peligros del colesterol subía de tono. Este tipo de productos presenta unos efectos muy modestos y un precio elevado. La clave no está en pasarse a los productos que presumen de reducir el colesterol, sino más bien en adoptar unos hábitos de vida saludables.

Recomendaciones sobre los niveles de colesterol

Las recomendaciones actuales hablan de menos de 200 mg/dl de colesterol total; menos de 100 mg/dl de LDL y más de 40 mg/dl de HDL.

Más allá de los valores de colesterol total, existe un indicador que nos señala con mayor fiabilidad el riesgo cardiovascular. Se trata de la relación colesterol total/colesterol HDL. Esta debe estar por debajo de 4,5.

En cualquier caso, y por todos los que nos aprovechamos de él, gracias al colesterol.

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