Los niños no tienen necesidades especiales para comer

La alimentación de los niños forma parte de esa familia de debates inagotables, en los que las dudas y los mensajes contradictorios son un tema recurrente. Sin embargo, las respuestas a estas cuestiones son mucho más sencillas de lo que habitualmente se hace creer.

necesidades para comer de los niños

Nutrición

La intranquilidad de los padres y cuidadores tanto por lo que comen como por lo que dejan de comer los más pequeños es una razonable constante. Es razonable porque con mejor o peor fortuna todo el mundo tiene bien asumido que el crecimiento, desarrollo y pronóstico de salud de esos niños va a depender en buena medida de sus hábitos alimentarios. Esa preocupación parental hace referencia tanto a la cantidad de lo que comen los hijos como a la calidad de sus preferencias; y se pone de manifiesto a partir de conocidos latiguillos como: mi niño no come nada; come demasiado; nunca prueba las verduras (o el pescado, o la fruta…); solo come chucherías; etcétera.

Sin embargo, la posible solución a todas estas cuestiones es relativamente sencilla, en el momento que se interioricen 4 conceptos básicos, asumidos por la comunidad científica:

  • Los padres y cuidadores son el principal modelo de referencia para los niños.
  • Los niños, en líneas generales, no comen lo que sus padres no les ponen en sus manos.
  • El apetito de los niños es errático e impredecible y ha de ser respetado en todo momento, mientras la oferta alimentaria y su presentación sea la adecuada.
  • El rechazo categórico a comer determinados alimentos (sean nuevos o no para el niño) es un comportamiento completamente normal, por lo tanto esperable, y al que hay que restarle importancia, o al menos darle menos que aquella que con frecuencia se le otorga.

Si tú comes bien, ellos comen bien

Desde hace años se vienen publicando diversos estudios que han contrastado que los niños empiezan a asimilar y a mimetizar las elecciones de alimentos de sus padres o cuidadores de manera muy temprana, incluso antes de ser capaces de apreciar las implicaciones de esas elecciones. Así lo puso de relieve el trabajo titulado Like parent, like child (que podría traducirse como ‘De tal palo, tal astilla’) en referencia a los hábitos alimentarios. Y es que, tal y como puso de relieve esta revisión de la literatura científica sobre estas cuestiones, el rol que desempeñan los padres o cuidadores podría ser un mejor método para mejorar la dieta del niño que aquellos intentos de controlar su dieta de forma independiente. Más recientemente, una importante revisión con metaanálisis mostró que el patrón de consumo de alimentos de los hijos está fuertemente correlacionado con el de los padres. Creo que es importante señalar la expresión ‘fuertemente correlacionado’. Si los padres comen más verduras, los niños comerán más verduras; si los padres comen más pizza precocinada y helados, los niños también.

Creo por tanto que el mensaje en este sentido no puede ser más claro (a la par que lógico): la forma y manera que tienen los padres de alimentarse será el principal elemento que sirva de influencia a la hora de determinar la forma y manera en la que se alimentará su hijo. La única diferencia entre mayores y pequeños es la cantidad. Los últimos menos, es evidente. Y ya está. Para ello, para poner en práctica esta estrategia no hay prórrogas, ni fechas de inicio… cuanto antes se empiece mejor o, dicho de otra forma, cuanto más tiempo se deje pasar sin tener unos correctos hábitos alimentarios en el entorno familiar peor será el pronóstico cuando llegado el momento se pretendan cambiar. Así, la introducción de la alimentación complementaria es el momento ideal, y quizá la práctica del baby-led-weaning el mejor método para introducir a nuestros hijos en el mundo de los alimentos más allá de la leche materna. De esta forma el niño acompañará en la mesa a sus padres en cuanto le sea físicamente posible y comerá lo mismo que comen sus padres. Si es el caso, con pequeñas adaptaciones al respecto de las capacidades del pequeño: espinas en el pescado, tamaño de los bocados, alguna modificación de la textura, etcétera.

Este tipo de correlaciones paterno filiales, tan lógicas por otra parte, se puso de relieve en otro ámbito dentro de una campaña del Ministerio de Cultura para promover el hábito de lectura entre los más pequeños bajo el lema “si tú lees, ellos leen”. No sé si fue por casualidad o premeditado que para ilustrar el spot se mostrara a un padre y a su hija leyendo al unísono mientras desayunaban de forma paralela.

Así, en vez de empezar por preguntar a algún experto, qué o cómo deberían comer nuestros hijos, lo primero que debiéramos hacer es cuestionar la forma con la que nosotros nos alimentamos, en especial, delante de ellos.

Los niños solo comen lo que los padres les facilitan

Se trata de una generalización, es cierto, pero nuestros hijos no comen nada que nosotros no les hayamos proporcionado en el supermercado, en una tienda de conveniencia, en un restaurante o donde sea. Hay excepciones: reuniones familiares, cumpleaños, celebraciones, etc., y son eso, excepciones. Así que no es de recibo ni justo que llegado el momento los padres protesten o pongan el grito en el cielo por el hecho de que sus hijos ‘siempre’ estén comiendo ‘porquerías’ (chucherías, caramelos, snaks dulces o salados, batidos, etcétera). A fin de cuentas, en la mayor parte de las veces esos elementos se los han facilitado de una u otra forma los mismos padres que luego protestan. De otro modo, si alguien distinto de los padres le ofrece un alimento inconveniente a un niño, lo mejor es que estos le sugieran con educación que antes de ofrecerle nada al niño (o ponerlo directamente en sus manos) le pregunte a sus padres.

Pero al mismo tiempo no podemos ser, como padres, eso que podría definirse como fundamentalistas y pretender mantener a nuestros hijos en una atmósfera de absoluta excelencia y pureza dietética. Es preciso tener los pies en el suelo y coincidir que los niños van a estar en reuniones, cumpleaños, celebraciones en las que los padres no tendrán el control. Así y para mantener un punto de cordura y racionalidad entre lo más conveniente dentro de las circunstancias, conviene seguir la máxima de Julio Basulto cuando habla de “no ofrecer, no negar”. Es decir, como padres no poner en sus manos opciones alimentarias que no sean apropiadas y tampoco poner el grito en el cielo cuando otra persona o circunstancia, se las haya hecho llegar.

El apetito errático e impredecible de los niños

Imagino que esta será una de las cuestiones que más cueste interiorizar. Es frecuente que desde las primeras consultas con el pediatra los padres reciban mensajes al respecto de que el bebé o niño “tiene” que tomar tanta cantidad de leche, tantos gramos de patata, manzana, carne, pollo o lo que sea; y que además han de incluirse en tantas tomas diarias cada equis horas. Todo ello con una disciplina poco menos que marcial, dentro de una programación estrictamente encorsetada y programada con un férreo control… pero que precisamente por ello pasa por encima del apetito del niño en cuestión. Es decir, pasa por encima del único elemento que debería tenerse en cuenta para de determinar la cantidad de lo que el niño come: su apetito. Veámoslo.

El Centro de Investigación en Nutrición Infantil del Departamento de Agricultura de Estados Unidos llevó a cabo un estudio sobre las calorías que necesitan tomar los niños desde el nacimiento hasta los 2 años. Resultó destacable conocer que un niño perfectamente sano podía necesitar la mitad de las calorías que otro niño, también sano, de su misma edad. Lo que pone de relieve la pésima estrategia “del café para todos” en términos de raciones y cantidades de alimentos que habitualmente se recomienda en este grupo de edad.

Por su parte, en el manual “Pediatric nutrition handbook” editado por la Academia Americana de Pediatría (AAP) se afirma que no es de extrañar que el apetito de los niños mayores de un año sea, y cito textualmente, “errático e impredecible”. Por lo tanto, pese a que la preocupación de los cuidadores al ver que su hijo cada vez come menos es normal, también es en general injustificada. De este modo los profesionales sanitarios deben, según la citada AAP, tranquilizar a los padres y cuidadores, explicándoles que lo que sucede es algo esperable y además respetable (en referencia al apetito).

Sin embargo, y en un número notable de casos, la conducta de los adultos con respecto a lo que “tiene” que comer un niño está basada en presiones, amenazas, manipulaciones, comparaciones, premios o castigos, para que este termine comiendo obligado y a la fuerza. En este sentido es importante destacar que es más probable que los niños se alimenten correctamente en atmósferas emocionalmente positivas ya que de otro modo, los datos apuntan  a que es fácil inducir a los niños a comer más allá de las llamadas “señales de autorregulación innatas”, es decir, más allá de lo que dictamina su mecanismo del apetito. De esta forma se influye de manera notable en la alteración de los procesos innatos de hambre y saciedad. Un desajuste que se puede traducir en que los niños terminen ingiriendo, a diario, una cantidad de alimento por encima de sus necesidades. Así, aunque los padres no sean conscientes, los niños poseen una valiosa capacidad para modular el volumen de alimentos que necesitan.

El rechazo de los niños a comer ciertos alimentos

Existen dos patrones típicos por los que un niño termina rechazando un alimento. El primero de ellos es la neofobia (le negativa a probar alimentos “nuevos”) y el segundo el comportamiento quisquilloso o exigente frente a ciertos productos o presentaciones. En cualquiera de los dos casos las causas para explicar el rechazo a los alimentos -una circunstancia especialmente frecuente en la edad infantil- no están del todo claras, tal y como explica esta reciente revisión y siguen siendo motivo de investigación y debate. No obstante, y en el sentido más práctico de los posibles, algunas investigaciones sostienen que la exposición repetida (sin presiones) de un nuevo alimento, incrementa las posibilidades de que el niño lo pruebe, aunque hay que tener en cuenta que el rango de exposición es muy amplio: desde 11 a incluso 90 veces. Así pues, la paciencia bien entendida tiene que ser sin lugar a dudas una de las herramientas con las que afrontar este tipo de cuestiones.

Ya por último y a modo de reflexión, sugiero que antes de que nadie piense en obligar a comer a un niño por encima de su voluntad reflexione sobre si él mismo tiene todos los días el mismo apetito, o si siempre tiene las mismas ganas de comer algo en concreto, o sobre cuántos niños han muerto de hambre o adquirido una enfermedad carencial disponiendo de una oferta saludable y suficiente a su alcance dentro de un marco de absoluta naturalidad.

Juan Revenga

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los niños no tienen necesidades especiales para comer. Los padres son su principal ejemplo en cuanto a su alimentación y su apetito su principal guía. @juan_revenga dixit, causa finita

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